230. Poética del valle

Podría decirse que las montañas alrededor del valle son un tapiz plano y que todo lo que contienen en sus inclinadas laderas está a la vista, pero la profundidad de caídas y la altura de protuberancias son engaño para quien mira a distancia el terreno, pues las entrañas del paisaje son profundas sin llegar al alma debajo de la tierra, a las capas más íntimas de la montaña, tierra más pura y concentrada dentro la cordillera andina.

En la vena de esta cordillera, la vena más al oeste del continente, el valle se convirtió en una urbe que empezó a trepar por las montañas aledañas expandiéndose desde el centro, desde el núcleo abajo en la mitad del valle, hacia todo extremo a la redonda, en trescientos sesenta grados como con tentáculos, y lo hizo banqueando toda tierra posible hasta apropiarse de caídas y protuberancias, creando lomas inmarcesibles de calles elevadas, extensas cuadrículas de pavimento para alojar manzanas de ladrillo naranja.

La expansión tentacular subió a las laderas hasta respirar en la cima de las montañas, llevó al núcleo urbano, núcleo vivo de cemento, ladrillo naranja y pavimento, núcleo simbiótico multiplicado al infinito, hasta hacerlo tocar el cordón redondo de cimas de montañas que antes contuvo la expansión de la urbe del valle, y ahora, de allí hacia fuera, en perímetro orgánico tangencial, energía expansiva de cosmos, la urbe se expande a los valles afuera, valles urbanos planos, más cercanos del sol y lejanos del nivel del mar, valles de caducas primaveras.

Es insospechable, mirando desde lejos, la cantidad de combinaciones, estructuras, adaptaciones, mecanismos y sistemas que cemento, ladrillo naranja y pavimento, elementos naturales mezclados y remezclados, crearon y adaptaron integrándose con el hierro y aluminio hasta conformar una capa viva que se expande con una fuerza inmanente, invisible, gravitacional, cósmica.





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