Podría decirse que las montañas alrededor del valle son un tapiz plano y que todo lo que contienen en sus inclinadas laderas está a la vista, pero la profundidad de caídas y la altura de protuberancias son engaño para quien mira a distancia el terreno, pues las entrañas del paisaje son profundas sin llegar al alma debajo de la tierra, a las capas más íntimas de la montaña, tierra más pura y concentrada dentro la cordillera andina.
En la vena de esta cordillera, la vena más al oeste del continente, el valle se convirtió en una urbe que empezó a trepar por las montañas aledañas expandiéndose desde el centro, desde el núcleo abajo en la mitad del valle, hacia todo extremo a la redonda, en trescientos sesenta grados como con tentáculos, y lo hizo banqueando toda tierra posible hasta apropiarse de caídas y protuberancias, creando lomas inmarcesibles de calles elevadas, extensas cuadrículas de pavimento para alojar manzanas de ladrillo naranja.
La expansión tentacular subió a las laderas hasta respirar en la cima de las montañas, llevó al núcleo urbano, núcleo vivo de cemento, ladrillo naranja y pavimento, núcleo simbiótico multiplicado al infinito, hasta hacerlo tocar el cordón redondo de cimas de montañas que antes contuvo la expansión de la urbe del valle, y ahora, de allí hacia fuera, en perímetro orgánico tangencial, energía expansiva de cosmos, la urbe se expande a los valles afuera, valles urbanos planos, más cercanos del sol y lejanos del nivel del mar, valles de caducas primaveras.
Es insospechable, mirando desde lejos, la cantidad de combinaciones, estructuras, adaptaciones, mecanismos y sistemas que cemento, ladrillo naranja y pavimento, elementos naturales mezclados y remezclados, crearon y adaptaron integrándose con el hierro y aluminio hasta conformar una capa viva que se expande con una fuerza inmanente, invisible, gravitacional, cósmica.
En la vena de esta cordillera, la vena más al oeste del continente, el valle se convirtió en una urbe que empezó a trepar por las montañas aledañas expandiéndose desde el centro, desde el núcleo abajo en la mitad del valle, hacia todo extremo a la redonda, en trescientos sesenta grados como con tentáculos, y lo hizo banqueando toda tierra posible hasta apropiarse de caídas y protuberancias, creando lomas inmarcesibles de calles elevadas, extensas cuadrículas de pavimento para alojar manzanas de ladrillo naranja.
La expansión tentacular subió a las laderas hasta respirar en la cima de las montañas, llevó al núcleo urbano, núcleo vivo de cemento, ladrillo naranja y pavimento, núcleo simbiótico multiplicado al infinito, hasta hacerlo tocar el cordón redondo de cimas de montañas que antes contuvo la expansión de la urbe del valle, y ahora, de allí hacia fuera, en perímetro orgánico tangencial, energía expansiva de cosmos, la urbe se expande a los valles afuera, valles urbanos planos, más cercanos del sol y lejanos del nivel del mar, valles de caducas primaveras.
Es insospechable, mirando desde lejos, la cantidad de combinaciones, estructuras, adaptaciones, mecanismos y sistemas que cemento, ladrillo naranja y pavimento, elementos naturales mezclados y remezclados, crearon y adaptaron integrándose con el hierro y aluminio hasta conformar una capa viva que se expande con una fuerza inmanente, invisible, gravitacional, cósmica.

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