El veteado aumenta a la redonda, en la periferia de la ciudad, sobre un anillo de montañas, y desaparece hacia el centro del valle, hacia el núcleo urbano.
Es un veteado que nace del encuentro entre garras grises, que la ciudad mete en la vegetación, y garras verdes, que responden desde las montañas alrededor. Es como un yin yang que se esparce en forma de cordón plano y encierra toda la ciudad.
La vegetación, en la cima de las montañas hasta donde llega la ciudad, es difícil de domar, pues se extiende por las irregularidades de un suelo que traga a quien lo pisa. Es decir que, el anillo de montañas al borde de la ciudad que nace en el valle, tiene caídas a lo frondoso, espeso y oscuro.
Este límite difuso, veteado verde y gris, o gris y verde, formado entre ciudad y vegetación, se desplaza. La ciudad se mueve, amplía su periferia, impulsada por un núcleo urbano que se expande por inercia, fuerza propia que empuja a fuga su cáscara de ladrillo naranja y cemento blanco, oscuro y mohoso.
Entonces, aparecen nuevas casas o ranchos de teja y conectan casonas dispersas que estaban antes, allí, entre cultivos, sin hacinamiento ni vecinos próximos. Casonas que la urbe alcanzó por sorpresa en su fuerza expansiva para hacerlas parte de la garra de arena y cemento que rasga la vegetación.
En estos límites los humanos, animales y plantas hacen hogar y sustento. Se adaptan, bajan exigencias, en áreas atravesadas por alegría y guerra, por silencios y música retumbando jornadas enteras contra troncos de árboles, contra muros de ladrillo con cemento inflado en las uniones.
La vegetación, en la cima de las montañas hasta donde llega la ciudad, es difícil de domar, pues se extiende por las irregularidades de un suelo que traga a quien lo pisa. Es decir que, el anillo de montañas al borde de la ciudad que nace en el valle, tiene caídas a lo frondoso, espeso y oscuro.
Este límite difuso, veteado verde y gris, o gris y verde, formado entre ciudad y vegetación, se desplaza. La ciudad se mueve, amplía su periferia, impulsada por un núcleo urbano que se expande por inercia, fuerza propia que empuja a fuga su cáscara de ladrillo naranja y cemento blanco, oscuro y mohoso.
Entonces, aparecen nuevas casas o ranchos de teja y conectan casonas dispersas que estaban antes, allí, entre cultivos, sin hacinamiento ni vecinos próximos. Casonas que la urbe alcanzó por sorpresa en su fuerza expansiva para hacerlas parte de la garra de arena y cemento que rasga la vegetación.
En estos límites los humanos, animales y plantas hacen hogar y sustento. Se adaptan, bajan exigencias, en áreas atravesadas por alegría y guerra, por silencios y música retumbando jornadas enteras contra troncos de árboles, contra muros de ladrillo con cemento inflado en las uniones.
Es música emitida por aparatos de sonido y pájaros posados en las ramas altas de los árboles y en los cables que conectan nuevos postes de luz.

👌🏻
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BorrarMelito. Clarito. Perfecto.
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